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Cadáver Exquisito: KADAVAR dio un show memorable en Buenos Aires #AsíFue

Finalmente, un día KADAVAR regresó a tierras argentinas para validar por qué su nombre es tan relevante dentro de la música pesada internacional. La cita era en The Roxy Live, el excelente lugar ubicado en la avenida Niceto Vega, del coqueto Palermo Hollywood. No es extraño que para la velada los locales GÜACHO y MONOVISIÓN hayan sido escogidos como los actos de apertura, después de todo, la idea siempre es dar un espectáculo de excelente calidad.

Antes de los shows musicales ofrecidos por los artistas, el evento tomó forma con la musicalización del DJ Juan Pablo “Astilla” Dominguez, aumentando el deseo rockero para quienes iban llegando al recinto, con clásicos que tocan la fibra de cualquier melómano, como “Silent Lucidity”, “Sharp Dressed Man” o “Cities on Flames With Rock and Roll”. La buena predisposición había sido lograda.

MONOVISIÓN serían los encargados de abrir la velada, ante un público presente que podía apreciarse como dedicado a la música, observador, melómanos en vigencia o potenciales. Quedaba claro que la fecha tendría el estatus “de culto”. El Rock sucio que desplegó el cuarteto gozó de un muy buen sonido, óptimo para continuar presentando su homónimo disco debut. La virtud de esta banda estuvo en la excelente conjunción de estética y música, con luces glam y trajes que seguían ese estilo, mientras que el sonido Hard Rock se ajustó a su impronta visual de desfachatez estilizada. Con una gran performance, MONOVISIÓN se perfila como un grupo musical promisorio en la escena argentina.

GÜACHO, el trío de Tolosa, La Plata, serían quienes seguirían la agenda de una noche mentada para el recuerdo. La música de este grupo busca retratar el espíritu de los viajes a través de las rutas, tratando de hacer del Stoner como la banda de sonido perfecta para sus aventuras, por eso sus ritmos intrincados, con los medios tiempos colocados con una precisión milimétrica, proyectaron una auténtica aventura sonora en The Roxy. Todo esto se engrandece si desde el público hay una visión atenta hacia lo que ocurre sobre las tabla, desde donde se desprenden luces que cubren al escenario como si se tratase de una neblina. De esta manera, el viaje propuesto por el trío fue un éxito.

El comienzo de KADAVAR era ansiado por el público, ya que el contrato implícito demarcaba que estábamos ante un show “de culto”, y todos éramos conscientes de eso, una creencia que seguramente se reforzó cuando “Skeleton Blues” presentó al trío alemán en el escenario, contundente, conciso y denso, con un medio tiempo marcado. El headbang continuaría ajustado en una modalidad enfermiza con “Doomsday Machine”, el sello que confirmaría la comunión entre banda y público. La cara de Christopher Lindemann (guitarra y voz) mostraba, en cada rastro de sus gestos, el éxtasis de reencontrarse con un público tan efervescente, con el agregado de ser en un recinto tan íntimo como The Roxy Live. Aun sí, era necesario concentrarse en las miradas fugaces que realizaba el cantante, ya que la comunicación con el público no fue algo que lo caracterizó.

Sonoramente la cosa no comenzó bien, pero esto duró una o dos canciones y luego fue solucionado. No está de más destacar el buen sonido al que nos tiene acostumbrados el local de Palermo, algo que, globalización y progreso científico-técnico mediante, avanza progresivamente en Argentina, pero aún continúan siendo casos excepcionales en el que la calidad sonora supera un nivel correcto. De hecho, subir la vara en términos de audio es ideal para poder apreciar la impronta de KADAVAR, un conjunto que revive un tipo de Rock gestado hace cuarenta o cincuenta años atrás.

¿Hay algo malo con el hecho de revivir el pasado artístico? Para nada si esto se hace bien, es más, el concepto de “pasado” resulta una contingencia cuando se trate de buen arte.

El set de KADAVAR se concentró en sus facetas más rockeras y no tan pesadas, haciendo énfasis en sus primeros trabajos, dándole más espacio a la improvisación, algo que estos muchachos saben hacer muy bien. Afirmo que el motor de este grupo es Christoph Bartelt, ese impulsivo desenfrenado que está detrás de la batería, un eximio alumno de John Bonham, Neil Peart y Bill Ward, que no solo hace y deshace a su parecer, sino que la elección de los cuerpos que configuran su instrumento le dan un sonido ideal para construir, sin ningún tabú, una máquina del tiempo sonora, en el mejor de los sentidos.

Pero entre la discreción de su labor, un aspecto fundamental para que KADAVAR funcione como propuesta artística está en Simon Bouteloup, el bajista del grupo. Lejos de contentarse con simplemente seguir el ritmo, la persona detrás de las cuatro cuerdas pasa su tiempo colocando arreglo tras arreglo, pero sin ocupar toda la producción artística. Como frontman y guitarrista, “Lupus” Lindemann es la cara visible, la pulsión enfermiza que se pone al show en sí cuando mueve sus cabellos en medio de un solo frenético, además de canalizar muy bien la voz para poder capturar el estilo que el grupo busca evocar, siendo su “hit”, “Die Baby Die”, un ejemplo nítido de esto.

La maestría y soltura con que el trío desarrolla su impronta tuvo grandes momentos, como “Into The Wormole”, pieza que contó con acoples buscados mientras “Lupus” se comunicaba con el público, conformando así una especie de performance noise. Este formato de generar ruido antes de una canción se volvió en un fetiche para el grupo, y un deleite para los adictos a las disonancias. El contrapunto entre un fondo con imágenes que se ubicaban en el setentismo glam, se daba con enormes zapadas, sucias y desprolijas, como “Black Sun”, “Forgotten Past” y “Purple Sage”, del reconocido debut editado en 2012.

El final con “All Our Thougts” y “Come Back Life” hizo disfrutar a los presentes de la soltura general de la banda, mostrando claramente cómo un power trío puede ser, constantemente, una apuesta creativa, más allá de tener una estructura clara en la que la improvisación sea casi permanente. En la constancia por los arreglos y la complejidad, como la efectividad que consiguen con los mismos, yace la grandeza de KADAVAR.

Lo acontecido en el Roxy fue una demostración para los apologistas del Rock de que éste sigue vivo, por ende, es un punto para su discusión. Que exista KADAVAR es una prueba de cómo este estilo aun mantiene su vigencia, más allá de la desidia de los medios masivos.

 

Facundo Guadagno
Redactor en Rocktambulos
Estudiante de Antropología, escéptico, músico y crítico.
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Todas las fotos fueron tomadas por Christian Odreman para rocktambulos.com / Todos los derechos reservados

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